– Eso es cierto -concedió el hombre.

Gannon contempló con preocupación a la joven que le desafiaba. O estaba loca o era mucho más dura de lo que parecía para quedarse allí de pie con una bata de seda que inspiraría ideas sensuales hasta a un monje. El cinturón que podía haber dado algún sentido de la decencia a su atuendo estaba desatado para abrigar a Sophie. Bueno, hasta las mujeres más duras tenían sus debilidades, debilidades que en ese momento él tendría que aprovechar.

Dio un paso adelante. Ella no se retiró sino que mantuvo el terreno y lo miró de arriba abajo.

– Yo agarraré a Sophie -dijo con un brillo de preocupación en sus ojos grises oscuros que antes habían brillado de hostilidad.

Sintió una punzada de culpabilidad ante lo que iba a hacer. Pero Sophie estaba al límite de sus fuerzas y haría lo que tuviera que hacer por la seguridad de su hija.

– ¿Agarrarla?

– Nos ha pedido que nos vayamos.

Estiró los brazos hacia la niña. Sophie lanzó un gemido ronco entre sueños y Dora dio un paso atrás sujetando a la niña contra su pecho con gesto protector.

– ¿Dónde? ¿A dónde va a ir?

Él se encogió de hombros.

– Quizá encuentre un granero. Vamos, cariño, ya hemos molestado bastante a esta señora.

– No -Gannon consiguió poner cara de sorpresa-. No puede llevársela de aquí. Tiene fiebre.

¡Bingo!

– ¿Tiene fiebre? -puso la mano en la frente de Sophie y lanzó un suspiro de resignación-. Quizá tenga razón -pasó las manos por la espalda de la niña como para llevársela-. Pero no se preocupe. Nos las arreglaremos… de alguna manera.

Dora se sentía dividida. El notó la momentánea indecisión oscurecer sus ojos. Quería que él se fuera pero su conciencia no le permitía echar a Sophie en mitad de la noche.

– Usted podría arreglárselas, pero ella no -dijo cuando la conciencia venció-. ¿No iba a calentarle un poco de leche?

Gannon miró el cartón de leche al lado de un centro de flores secas. Al lado, de una silla colgaban un par de cazadoras enceradas de mucho estilo. La última vez que él había estado en la granja aquel cuarto no era más que una prolongación de la cocina. Ahora era un vestíbulo decorado de revista embaldosado con estilo rústico pero muy caro.



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