
Había sido precisamente la necesidad de huir de todo aquello lo que había empujado a Dora a la granja. Ignoró su mano extendida y no le dijo su nombre.
No pensaba intercambiar formalidades con un criminal común y mucho menos con uno que había asaltado la casa de su hermana. Incluso aunque tuviera una voz como el terciopelo, unos ojos de color caramelo y una deliciosa mandíbula. Después de todo tenía la mandíbula cubierta de barba de varios días. Y aquellos ojos se estaban tomando muchas libertades con su cuerpo para su gusto. Con la niña en brazos, era incapaz de hacer otra cosa con la bata, pero consciente de que estaba mirando sus uñas rosas, las tapó.
– Esa treta es bastante poco original -dijo con una dureza que estaba lejos de sentir.
– Desde luego -acordó él incapaz de ocultar su diversión a pesar del agotamiento-. Debo ensayar más.
– No se moleste.
– Asaltar una casa no es mi estilo habitual. ¿Quién es usted?
Dora resistió la tentación de preguntarle cuál era su estilo habitual.
– ¿Le importa quién soy?
Él se encogió de hombros.
– Supongo que no. Pero permítame que le diga que es una mejora considerable al lado de Elizabeth. Ella no hubiera perdido nunca el tiempo en algo tan frívolo como pintarse las uñas.
Aquel hombre era increíble. No contento con entrar en la casa ahora estaba coqueteando con ella. Y a pesar de sus prejuicios, tenía que reconocer que conocía la vida personal de su cuñado.
– ¿Elizabeth?
– Elizabeth Marriott. La mujer de Richard. Una chica de muy poca imaginación, algo más que compensado por su avaricia, a juzgar por el hecho de que le dejara por un banquero.
