– ¿Un banquero?

– De los que poseen un banco, no de los que trabajan tras el mostrador -hizo un amplio gesto hacia la leche-. Pero nunca pensé que vendería esta casa.

– ¿Y qué le hace pensar que lo ha hecho?

– Este tipo de casa no es de su estilo.

Ahora le tocó a Dora sonreír.

– Quizá no lo conozca tan bien como cree.

Él le dirigió otra mirada pensativa antes de encogerse de hombros.

– ¿Puedo calentar la leche? ¿O lo hace usted ya que lo han cambiado todo de sitio?

Y no era que pretendiera quitarle la carga. Mientras tuviera a Sophie en brazos era más vulnerable a la persuasión.

– La cocina está por aquí.

Gannon miró a su alrededor. Más colores terrosos y madera brillante.

– La ha ampliado por el granero -dijo agarrando un cazo de cobre para ponerlo al fuego-. ¿Es todo así ahora?

– ¿Así cómo?

– No leo revistas de decoración, así que no sabría decir cómo.

Dora no tenía intención de embarcarse en una íntima charla con un vulgar ladrón. No, aquel hombre es taba demasiado familiarizado con su entorno como para ser descrito como un vulgar ladrón. Alzó la mira da hacia la chiquilla.

– ¿Dijo que se llamaba Sophie?

– Sí.

– ¿Es su hija?

– Sí.

– ¿Sabe que tiene fiebre?

– Ya lo ha dicho antes.

– Debería verla un doctor.

– Tengo unos antibióticos para ella. Lo único que necesita es buena comida y mucho descanso.

– ¿Y ésta es su idea de dárselo? La niña debería estar en casa con su madre, no arrastrada en medio de la noche por un vagabundo.

– ¿Es eso lo que cree?

Su mirada de soslayo indicaba que no tenía ni idea de lo que estaba diciendo.

Bueno, quizá no la tuviera. Pero desde luego, sabía que Sophie debería estar en su casa y en la cama. Dirigió la mirada hacia la niña agotada. Sus párpados casi transparentes estaban cayendo. Se quedaría dormida en un minuto. Sería tan fácil subirla y acostarla en su propia cama caliente…



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