
Refrescábase la cabeza con agua tibia cuando oyó temerosos gritos procedentes de cubierta. Sin terminar de lavarse. Zurita subió presuroso por la escalera.
Desnudos, llevando como única prenda el taparrabo, los pescadores se agolpaban junto a la borda, agitando los brazos y gritando sin concierto. Pedro miró hacia abajo y vio que los botes, dejados por la noche en el agua, estaban desamarrados. La brisa nocturna se los había llevado hacia el océano, bastante lejos. Y ahora, la brisa matinal los iba arrimando lentamente a la orilla. Los remos flotaban dispersos por la bahía.
Zurita ordenó a los buzos reunir los botes. Pero ninguno de ellos se atrevió a abandonar el puente. Zurita repitió la orden.
Alguien dijo con imprudencia:
— Si tan valiente eres, échate tú en las garras del «demonio».
Zurita llevó la mano al revólver. Los hombres se replegaron hacia el mástil mirando con hostilidad al capitán. La colisión parecía irremediable. Pero, como siempre en situaciones por el estilo, fue Baltasar quien contribuyó a relajar la tensión.
— El araucano no teme a nadie — exclamó —, el tiburón no pudo devorarme del todo, el «demonio» tampoco podrá con mí osamenta, se atragantará.
Tras decir esto, juntó las manos sobre la cabeza y se lanzó al agua, dirigiéndose a nado al bote más próximo. Los buzos volvieron a la borda y miraban atemorizados a Baltasar quien, pese a su avanzada edad y a la pierna destrozada, nadaba maravillosamente. En varias brazadas el indio alcanzó el bote, recogió un remo que flotaba cerca, y subió a la embarcación.
— ¡La soga está cortada con cuchillo — gritó desde el bote —, y bien cortada que está! Se ve que tenía el filo como el de una navaja de afeitar.
Al ver que a Baltasar no le había pasado nada varios buzos siguieron su ejemplo.
MONTADO SOBRE UN DELFÍN
El sol acababa de salir, pero achicharraba ya sin piedad.
