
Los botes se esparcieron por la bahía. Cada uno llevaba, como era costumbre, dos buzos que se alternaban en sus funciones: uno buceaba y el otro le sacaba. Luego, viceversa.
Una de las lanchas se aproximó considerablemente a la orilla. El buzo abrazó con los pies una gran piedra de coral, sujeta al extremo de la soga, y bajó rápidamente al fondo.
El agua estaba tibia y transparente, se veían con nitidez las piedras del fondo. Más hacia la orilla parecían estar arraigados corales: inmóviles arbustos de los jardines submarinos. Pequeños peces, dorados y plateados, se paseaban por los paradisíacos vergeles.
Tan pronto tocó fondo, el buzo se agachó y comenzó a arrancar ostras y a ponerlas en la red que llevaba al cinto. Su compañero sostenía el otro cabo de la soga y, recostado sobre la borda del bote, miraba a través del agua cristalina.
Vio, de súbito, que el buzo se puso rápidamente en pie, se asió de la soga y dio tal tirón que faltó muy poco para que el compañero saliera por la borda. La sacudida zarandeó el bote. El indio apostado en la lancha se apuró a subir al compañero y le ayudó a encaramarse en la embarcación. La respiración del hombre que acababa de salir del agua era tan dificultosa que le obligaba a abrir tremendamente la boca, y los ojos se le saltaban de las órbitas. Su bronceado rostro se tornó gris, tal era su palidez.
— ¿Un tiburón?
El buzo no acertó a responder y rodó al fondo del bote.
¿Qué le habrá podido asustar tanto? El indio miró por la borda y comenzó a examinar el agua.
