
3o. Según relatos de testigos oculares, un delfín lanzado por la tormenta a la orilla, a considerable distancia del agua, fue devuelto por la noche al mar. Es más, el autor del hecho dejó las improntas de sus pies con largas uñas en la arena. Seguramente se habrá compadecido del delfín algún caritativo pescador.
Es notorio que cuando los delfines se disponen a cazar arrinconan previamente peces en lugares de escasa profundidad, ayudando así a los pescadores. Estos, a su vez, corresponden sacando con frecuencia de apuros a los delfines. Las huellas de las uñas podrían pertenecer perfectamente a dedos de pies humanos; encargándose la imaginación de concederles la forma de uña.
4o. El corderito pudo haber sido llevado en lancha y lanzado al barco por algún gracioso.»
Los científicos hallaron varias causas más, no menos sencillas, que, a su modo de ver, debían explicar el origen de las huellas dejadas por el «demonio».
Total, el veredicto de los eruditos fue el siguiente: no existe monstruo marino capaz de realizar tan complicadas operaciones.
Sin embargo, esas explicaciones dejaron insatisfechos a muchos. Semejantes dilucidaciones han sido consideradas problemáticas hasta en los medios científicos. Ni el gracioso más ocurrente, hábil y astuto habría podido hacer todo eso sin ser advertido. Pero los eruditos habían omitido en su informe algo muy importante. Ese algo consistía en que el «demonio», según se había establecido, realizaba sus hazañas en lugares muy distantes uno del otro y en lapsos brevísimos. Resultaba que el «demonio» o era un nadador fantástico, o utilizaba dispositivos especiales, o eran varios. Pero entonces todas esas diabluras se tornaban más incomprensibles y amenazadoras.
Pedro Zurita evocaba esa enigmática historia sin cesar un instante de ir y venir por el camarote.
Sumido en esas meditaciones, le sorprendió la aurora; por la portilla entraba un rayo de rosada luz.
