Efectivamente, algo sucedía allí. Los pececitos, cual pajaritos al ver a un halcón, se apresuraban a buscar refugio en los frondosos matorrales submarinos.

De pronto, el indio vio cómo por detrás de una roca aparecía algo semejante a humo rojizo. El humo se disipaba lentamente, tiñendo el agua de color rosa. Seguidamente surgió algo oscuro. Ese algo viró lentamente y se perdió tras un saliente de la roca. El humo purpúreo en el fondo del mar sólo podía ser sangre. ¿Qué habrá sucedido? El indio miró a su compañero, pero éste yacía supinado, inmóvil, respirando ansioso con la boca y la mirada ausente clavada en el cielo. El indio comenzó a remar inmediatamente hacia el «Medusa», temeroso por la vida de su compañero.

Al fin el buzo se recuperó, pero parecía haber perdido el hábito de hablar: sólo mugía, sacudía la cabeza y resoplaba.

Los pescadores que se hallaban en ese momento en la goleta rodearon al buzo, esperando impacientes sus explicaciones.

— ¡Habla de una vez! — le gritó, al fin, un joven indio que sacudía vigorosamente al buzo —. Habla, o te arranco de cuajo esa alma de cobarde que anida en tu pecho.

El buzo meneó la cabeza y dijo con voz sorda:

— He visto… al «demonio marino».

— ¿Al mismo…?

— ¡Pero desembucha, pronto! — gritaban impacientes los pescadores.

— De pronto vi que se me venía encima un tiburón. Venía directo a mí. Ha llegado mi último instante, pensé. Era enorme, negro, y ya había abierto la boca, disponiéndose a devorarme. Pero en ese instante veo que se aproxima…

— ¿Otro tiburón?

— ¡El «demonio»!

— ¿Cómo es? ¿Tiene cabeza?

— ¿Cabeza? Sí, creo que sí. Los ojos son como vasos.

— Si tiene ojos tiene que tener cabeza — manifestó con seguridad el joven indio —. Los ojos han de estar clavados a algo.



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