
— Como las ranas. Los dedos largos, verdes, con uñas y unidos por membranas. El cuerpo le brilla como si estuviera cubierto de escamas. Se acercó al tiburón, le relució la zarpa y ¡zas! La panza del tiburón comenzó a chorrear sangre…
— Y ¿cómo son sus piernas? — inquirió uno de los pescadores.
— ¿Las piernas? — el buzo trató de hacer memoria —. No tiene piernas. Sólo una gran cola con dos culebras al final.
— ¿Cuál de los dos te asustó más, el tiburón o el monstruo?
— El monstruo — respondió sin vacilar —. Aunque me salvó la vida. Pero era él…
— Sí, era él.
— El «demonio marino» — profirió el indio.
— El «Dios marino» — le corrigió un indígena anciano —, que acude en ayuda de los desposeídos.
La noticia llegó con extraordinaria celeridad a los botes esparcidos por la bahía. Los pescadores se apresuraron a regresar a la goleta y a subir las lanchas a bordo.
Se agolparon en torno al buzo, salvado por el «demonio marino», quien les repetía una y otra vez el relato, siempre aderezado con nuevos detalles. Recordó, por ejemplo, que el monstruo despedía llamas rojas por las fosas nasales, y sus dientes eran afilados y largos como los dedos de las manos; que movía las orejas, tenía aletas laterales y larga cola a modo de remo.
Pedro Zurita — desnudo de medio cuerpo, en blanco calzón corto, calzando grandes zapatos a pie desnudo y cubierto con sombrero de paja —, se paseaba por la cubierta prestando oído a las conversaciones.
Cuanto más se entusiasmaba el narrador, más se persuadía Pedro de que todo aquello era fruto de la imaginación del buzo, inspirado por el susto que se llevó al ver cómo se le venía encima el escualo.
«Aunque, no podía ser todo de su cosecha, pues alguien le tenía que haber rajado el vientre al tiburón: el agua se había tornado, realmente, sanguinolenta. El indio miente, no cabe duda, pero en eso algo verídico hay. Qué historia tan extraña, ¡maldita sea!»
En ese preciso momento, las reflexiones de Zurita se vieron interrumpidas por el sonido de la trompa, salido inesperadamente de allende la roca.
Cual tremenda tronada, el sonido dejó atónita a la marinería del «Medusa».
