El murmullo cesó de inmediato, los rostros palidecieron. Aquellos hombres miraban, con supersticioso pavor, hacia donde se había sentido el trompetazo.

Cerca del peñasco retozaba a flor de agua un cardumen de delfines. Uno de ellos se separó de los demás, dio un fuerte resoplido — cual si respondiera a la señal de la trompeta —, se dirigió veloz hacia la roca y desapareció tras los peñascos. Transcurrieron varios instantes de angustiosa espera. De súbito, desde la cubierta de la goleta vieron cómo por detrás del peñasco apareció el delfín. Sobre su lomo iba a horcajadas, como en brioso corcel, un extraño ser: el «demonio» recién descrito por el buzo. El monstruo tenía cuerpo de hombre, enormes ojos — semejantes a antiguos relojes de bolsillo —, que relucían bajo los rayos solares cual faros de automóvil; la piel era de delicado azul plateado, las manos, como las de las ranas: color verde oscuro, largos dedos y membranas entre ellos. De la rodilla para abajo las piernas iban hundidas en el agua, por lo que resultaba imposible apreciar si terminaban en forma de cola, o eran como las humanas. Aquel extraño ser sostenía en la mano una larga caracola que hizo sonar de nuevo a modo de trompa, soltó una alegre carcajada como cualquier humano, y gritó de súbito en castellano puro: «¡Apúrate, Leading, adelante!» Golpeó cariñosamente con su mano de rana el brillante lomo del cetáceo y le espoleó, golpeándole los costados con las piernas. El delfín, cual buen corcel, aceleró la marcha.

A los pescadores se les escapó un grito.

El insólito jinete se volvió, y al ver a la gente se deslizó como una lagartija del delfín, ocultándose tras el cuerpo de éste. Sólo se vio una mano verde que asomó por encima del lomo y golpeó al animal.



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