
Pero no todos los eruditos eran de esa misma opinión.
Hubo quienes alegaron al célebre naturalista suizo Konrad von Gesner, a quien se le debe la descripción de la virgen, el diablo, el monje y el obispo, todos ellos marinos.
«En última instancia, mucho de lo previsto por los sabios de la antigüedad y del Medioevo se ha venido a justificar pese a la evidente hostilidad mostrada por la nueva ciencia respecto a las doctrinas antiguas. La creación del Señor es inagotable, y a nosotros, los científicos, nos corresponde ser más modestos y prudentes que nadie a la hora de hacer conclusiones», decían algunos sabios formados a la antigua.
Lo cierto es que no resultaba fácil considerar sabios a aquellos modestos y prudentes señores, pues tenían más fe en los milagros que en la misma ciencia, y sus conferencias eran, más bien, prédicas.
En definitiva, para dirimir la controversia se decidió enviar una expedición científica.
Los integrantes del grupo no tuvieron la suerte de encontrarse con el «diablo», pero sí reunieron copiosa información sobre la forma de obrar del «anónimo sujeto» (los científicos más entrados años insistían en que el vocablo «sujeto» fuera substituido por el de «ser», a su modo de ver, más idóneo).
El informe publicado en la prensa por los integrantes de la expedición, decía:
«1o. En algunos bancos de arena se observaron huellas de estrechos pies humanos que salían del mar y volvían a entrar. Pero podrían pertenecer a un hombre que hubiera arribado en lancha.
2o.
