
– ¿Qué le hace pensar que acabo de llegar?
Su acento era tan espeso como el olor de los jazmines sobre un campo de algodón de Carolina, y el anciano ocultó una sonrisa.
– Tal vez es mi tonta imaginación, ¿eh?
El muchacho se encogió de hombros y dio una patada a algo tirado en el suelo.
– No soy un forastero, no, no lo soy -señaló con un mugriento dedo la tarta-. ¿Cuánto pide usted por eso?
– ¿No he dicho que es un regalo?
El muchacho lo pensó, asintió con la cabeza y extendió la mano.
– Muchas gracias.
Mientras cogía el pastel, dos hombres de negocios con levita y sombreros altos de castor pasaron junto al carro. La mirada fija del muchacho barrió con desprecio las leontinas de sus relojes de oro, los paraguas enrollados, y los pulidos zapatos negros.
– Malditos cerdos yanquis -refunfuñó.
Los hombres iban absortos en su conversación y no lo escucharon, pero en cuanto se alejaron, el anciano frunció el ceño.
– Creo que esta ciudad no es un buen lugar para ti, ¿eh? Hace sólo tres meses que ha acabado la guerra. Nuestro presidente ha muerto. El odio es todavía muy fuerte.
El muchacho se sentó en el bordillo para comerse la tarta.
– No me gustaba mucho el Sr. Lincoln. Pienso que era pueril.
– ¿Pueril? ¡Madre di Dio! ¿Qué significa esa palabra?
– Ingenuo como un niño.
– ¿Y dónde aprende un muchacho como tú una palabra como esa?
El muchacho entrecerró los ojos para protegerlos del sol de la tarde y bizqueó al anciano.
– Me distraigo leyendo libros. Esa palabra en particular la aprendí del señor Ralph Waldo Emerson. Admiro mucho al señor Emerson -comenzó a mordisquear con delicadeza alrededor del borde de su tarta-. Yo no sabía que era un yanqui cuando comencé a leer sus ensayos. Cuando me enteré me enfadé muchísimo. Pero ya era demasiado tarde, porque ya era su discípulo.
