
– Nada, no importa -dije.
– Sarah.
Me volví hacia él.
– Cuídate -susurró.
Era una gentileza inesperada y me limité a asentir, sin saber qué replicar.
Después de pasear de nuevo en la acera durante cinco minutos recuperé la compostura y hasta un poco el mal genio. Con aquél, ya eran dos los hombres que aquella noche habían eludido mis redes. «Al próximo tío que me mire el culo -pensé-, lo arresto. Lo juro por Dios.»El siguiente coche que se detuvo era un resplandeciente sedán gris perla. También llevaba la ventanilla abierta y me asomé al interior. Al volante iba un hombre de mediana edad, delgado, con una calva incipiente y aire mediterráneo, que vestía un traje de buena hechura.
– ¿Puedo llevarte a algún sitio? -preguntó.
– ¿Por qué no paras ahí, al doblar la esquina, y hablamos un minuto? -propuse-. ¿De acuerdo?
A diferencia de Gary, a aquel tipo no le interesaba saber mi nombre, aunque me informó de que podía llamarlo Paul. El interior del coche olía a nuevo y un adhesivo indicaba que pertenecía a una agencia de alquiler de vehículos. Paul también era forastero.
– ¿Qué planes tienes para esta noche, Paul? -le pregunté.
– He pensado que tal vez te apetecería que hiciéramos un trato -respondió-, ¿Te gusta la coca?
Lo miré por el rabillo del ojo. Mejor, imposible. Lo podía empapelar por solicitar los servicios de una prostituta y por posesión de narcóticos.
