
– ¿Y a quién no? -repliqué.
– He pensado que por unas cuantas rayas y cincuenta dólares podrías hacerme un completo.
Lo que me faltaba. Un putero tacaño.
– Setenta y cinco -le dije.
– De acuerdo. -Paul no estaba interesado en el regateo.
– Y necesitaría ver el material primero.
– Está ahí detrás, en mi maletín -dijo, señalando el asiento trasero con un leve gesto de la mano-. ¿Tienes… tienes un sitio a donde podamos ir?
Sin hacerle caso, me puse de rodillas en el asiento y me di la vuelta para coger el maletín.
– ¿Está abierto? -pregunté, pero no esperé a que me respondiera y apreté el cierre con el pulgar. Emitió un sonoro chasquido y la maleta se abrió. Allí estaba: todo un mundo de problemas para aquel tipo en una bolsa de plástico tan pequeña.
Paul no se inmutó ante mi brusca conducta. Era un hombre de mundo. Sabía que un traje caro a la larga sale barato, que la bussiness class de los aviones es un timo y que las puros de setenta y cinco dólares dan problemas a sus clientes. Mientras yo cerraba el portafolios, me repitió la pregunta.
– ¿Tienes algún lugar adonde llevar a los hombres, te he dicho?
– Desde luego -respondí alegremente, sacando la placa de la chaqueta de cuero.
Eran más de las cuatro de la madrugada cuando salí del trabajo, pues hube de quedarme a sustituir a una compañera cuyo hijo se había puesto enfermo durante el turno de noche. Sin embargo, cuando me marché de la oficina, me di cuenta de que no estaba cansada, sólo tenía hambre. Pensé que si me acercaba a alguna panadería y llamaba a la puerta trasera, tal vez me venderían una pieza caliente, recién salida del horno.
De camino a este recado, que me llevó a las afueras de la ciudad, me encontré con una mujer que llenaba un expendedor de diarios. Un impulso me llevó a detenerme junto a bordillo. Shiloh se encargaba de pagar nuestra suscripción al Star Tribune, pero durante su ausencia había caducado.
