
Los tiempos del chico de los periódicos, del muchacho en la bici, han quedado atrás. La repartidora era una mujer de unos treinta años, bajita y de rostro delgado, sin maquillaje y con el cabello corto y revuelto. Yo había detenido el Toyota Starlet junto a la acera, con el motor en marcha. Cuando me acerqué, ella me miró con recelo. Debió de pensar que quería llevarme un periódico sin pagar antes de que cerrase el expendedor.
– Adelante -le dije-. Cuando termine, compraré uno.
La mujer puso el ejemplar de muestra en el cristal y cerró con un golpe. Ocupé su lugar en la acera y busqué un par de monedas de cuarto de dólar.
– ¿Qué es eso? ¿Un niño, a estas horas? -preguntó la repartidora, detrás de mí.
– ¿Qué dice de un niño? -repliqué distraídamente mientras metía el dinero en la ranura.
– El que grita de ese modo, ¿no lo oye?
Debía de tener un radar en las orejas. O tal vez tenía hijos pequeños y estaba haciendo gala de una fina intuición maternal.
– Yo no oigo nada -respondí.
– Por allí -dijo.
Miré hacia donde indicaba. Una calle vacía, farolas, comercios cerrados. Una figura de unos diez u once años que corría por la acera. Un niño en la calle a las cuatro y media de la madrugada.
Corrí a interceptarlo.
Reduje la distancia que nos separaba y levanté las manos para que se detuviera. Era un chiquillo delgado y jadeaba como una locomotora de vapor. Su tez era pálida, pero tenía el cabello muy negro y parecía que se lo hubieran cortado con unas tijeras caseras por el método tradicional de la taza. La camisa y los pantalones le quedaban grandes.
– ¿Qué ocurre? -le pregunté, arrodillándome a su lado-. ¿Te han hecho daño?
El chiquillo soltó un torrente de palabras, pero todas ellas en un idioma que me sonó a eslavo. Nos miramos, frustrados por no comprendernos. Entonces, se volvió y señaló en la dirección de la que venía.
