Me gustaría decir que, cuando me acordé de Ellie Bernhardt, pensé algo irónico, como: «¿Por qué estas cosas siempre me ocurren a mí?». Pero no; mi pensamiento fue: «Dios mío, no permitas que me ahogue». Y, a continuación, salté.

El agua estaba más templada que la del Misisipí, pero seguía estando fría y formaba turbulencias que me arrastraban en varias direcciones, aunque sin mucha fuerza. Las más intensas las notaba abajo, en los pies y las pantorrillas, y me llevaban hacia el conducto subterráneo por el que el agua discurría canalizada por debajo de la calle.

Me sumergí, abrí los ojos y no vi más que una pared marrón grisácea. Extendí la mano en la dirección en que se movía la corriente, hacia la calle. Era lógico pensar que cualquier cosa pesada que hubiese caído al agua habría sido arrastrada hacia allí, pero no alcancé a tocar nada y mis pulmones amenazaban con estallar. En estas situaciones, el aire nunca parece durar lo suficiente, y aún duraba menos porque el corazón me latía a ciento cuarenta pulsaciones por minuto. Me impulsé para subir a la superficie y, al hacerlo, rocé algo con el pie.

Tomé aire a toda prisa y volví a zambullirme, tanteando de nuevo a mi alrededor. En esta ocasión, algo me rozó la mano, pero no se trataba de un objeto sólido. Parecía una prenda de ropa que el agua movía y por eso me había tocado. Cuando la agarré y tiré de ella, noté cierta resistencia. No era una camisa vieja que había terminado en el canal. Alguien la llevaba puesta.

Impulsarme a la superficie no habría resultado muy difícil, pero arrastrar al niño hacia arriba fue mucho más complicado. Era muy delgado, estaba exánime y la ropa mojada y los zapatos encharcados lo lastraban. En la superficie apareció primero su cabello negro, brillante y pegado a la pálida tez. Tiré de él y conseguí que levantara la cara hacia el cielo todavía oscuro.



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