
En los manuales de socorrismo, todo parece muy sencillo y los dibujos resultan muy claros y comprensibles, pero el chico y yo ejemplificábamos lo complicada que es la realidad. Intenté averiguar si respiraba, si las costillas subían y bajaban debajo de mi mano. En teoría, tendría que haberlo percibido, pero fui incapaz de determinar se seguía con vida. Esperanzada, miré hacia la barandilla en busca de la mujer del Toyota, pero no estaba allí; lo único que vi por todos lados fue una pared de cemento de casi dos metros de altura sobre el nivel del agua. No había ningún punto de apoyo, ningún asidero. El peso del chico amenazaba con hundirme y moví las piernas, pedaleando en el agua, en busca de ayuda. No la había.
En aquel preciso momento, una cara asomó por la barandilla. Era un desconocido, pero su presencia me llenó de alivio.
Se trataba de un joven de unos veintitrés o veinticuatro años, asiático, de facciones duras y angulosas y una mirada despierta. Llevaba casi toda la cabeza afeitada, a excepción de una cresta como un cepillo a lo largo del cráneo, al estilo de los indios mohawk. Su aspecto podría haber parecido ridículo, pero no era así. No vi si vestía uniforme o iba de paisano, pero en ese momento esta cuestión carecía de importancia. Hay personas que aparecen en los momentos difíciles y no importa que no las conozcas de nada. Llevan escrito en la cara han acudido a ayudar. Aquel chico era una de ellas.
– ¡Eh! ¿Qué tal os va por ahí abajo? -preguntó.
– Bastante mal.
El muchacho asintió sin alterarse.
– Veamos… -dijo, estudiando el agua con tanta atención como si fuera un problema de física en un libro de texto-. Intentaré tiraros una tabla.
Y eso fue lo que hizo. Cuando tuve al muchacho sobre la madera, observé su pecho y su estómago, envueltos en el abrazo mojado de una empapada camiseta roja. Vi que su tórax bajaba y subía de nuevo. Respiraba. Se me pasó la angustia y mi cuerpo notó el alivio de haberse librado del peso del chico en el agua.
