
Una vez rescatada y a salvo en la calle, vi que el joven llevaba el mono azul de los enfermeros de emergencias sanitarias. Su compañero, aún más joven y rubio, se ocupaba del niño. El enfermero asiático los miró, vio que la situación estaba bajo control, y se sentó en el suelo a mi lado.
– Estoy bien -le dije.
– Ya lo veo -replicó.
Allí estábamos: un joven educado con un corte de pelo posmoderno y una detective del condado medio ahogada.
– Sarah Pribek -me presenté, tendiéndole la mano-. De la Oficina del Sheriff del condado de Hennepin.
– Soy Nate Shigawa -dijo al tiempo que me la estrechaba.
– Encantada de conocerte -añadí.
Oí un grito agudo detrás de él. La repartidora de periódicos había vuelto y no estaba sola. Con ella se encontraban el chico que había dado la voz de alarma y una mujer con un vestido estampado barato y los cabellos largos y negros recogidos bajo un pañuelo. Miró a su alrededor, no al hijo que estaba siendo atendido por el enfermero, sino hacia la parte trasera de la ambulancia, y luego a Shigawa y a mí. Nos habló atropelladamente, en la misma lengua eslava que su hijo.
Al ver que sus insistentes y apremiantes explicaciones sólo despertaban miradas de desconcierto, corrió hacia las bicicletas. Señaló una de ellas y luego al chaval que se hallaba de pie junto al Toyota, seco, sano y salvo. Luego, cogió la segunda bicicleta y señaló al chico tendido en la camilla. Después, tocó la barra de la segunda bicicleta como si quisiera indicar que allí montaba otro niño.
Shigawa y yo intercambiamos una mirada de preocupación. Acabábamos de comprender lo mismo: la mujer tenía tres hijos.
Nos acercamos a la barandilla, miramos el agua arremolinada del canal y no supimos localizar ninguna mano, pie ni objeto ningún tipo. Había transcurrido mucho tiempo, demasiado.
– Yo me meteré -aseguré-. Ya he estado dentro.
