– No, no lo haga -me advirtió el compañero de Shigawa, que se había acercado a nosotros. Según su tarjeta de identificación, se llamaba Schiller.

– Alguien tiene que hacerlo -repliqué.

– Dentro de un par de horas entrará el turno de día -dijo Schiller-. El condado puede enviar buzos. Tienen la preparación y el material necesarios.

Estaba claro que Schiller era nuevo en el servicio de emergencias médicas. Yo conocía bien aquella expresión, una mirada dura y obstinada que utilizan los polis novatos cuando quieren disimular que el trabajo todavía no los ha encallecido y que aún no están hartos de la vida.

– No, esto no puede esperar -insistí.

– ¿Por qué no? -preguntó Schiller con cara de no comprender.

No me apetecía sumergirme de nuevo en aquella agua sucia y turbia ni quería que volviera a entrarme en las orejas y en los ojos, pero tenía que hacerlo. En mi mente se había formado la imagen del cuerpo de un niño bajo las aguas nauseabundas, arrastrado por la corriente al fondo del canal, arrastrado tal vez contra una barrera natural o contra un muro, con el cabello flotando, rodando quizá como un tronco durante horas. No soportaba imaginar que lo dejaba allí, como un desecho, mientras todo el mundo se marchaba a ponerse ropa seca y a desayunar. Busqué palabras para expresar a Schiller lo que sentía, pero no fui capaz. Por otro lado, tampoco tenía por qué hacerlo.

– Si no entiendes por qué, ella no puede explicártelo -intervino Shigawa.

Schiller apartó los ojos de mí y miró a su compañero, tomando buena nota de aquella pequeña traición.

– Tampoco es necesario que te lo tomes tan a pecho, Nate -dijo antes de alejarse.

De nuevo, pasé una pierna por encima de la barandilla.

– Estaré aquí -dijo Shigawa.

– Lo sé -susurré-. Enseguida vuelvo.

Al final, la unidad de emergencias se completó con la llegada de un coche de bomberos y de una patrulla del Departamento de Policía de Mineápolis, que se sumaron a la ambulancia. Uno de los agentes del Departamento era Roz, una sargento de unos cincuenta años, con los cabellos cortos y canosos, que había sido adiestradora canina y de la que se rumoreaba que tenía en casa no menos de ocho perros. En aquel momento su misión era adiestrar a una agente novata, Lockhart, una chica de aire adolescente con uniforme de policía.



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