
Detrás del personal de emergencia se había formado un semicírculo de vecinos. Tal vez los había despertado el ruido o quizá ya se habían levantado para comenzar la jornada cuando se había producido el suceso. Eran más de las cinco y el cielo empezaba a adquirir cierto tono azul eléctrico.
A las personas que aparecen en los escenarios de los accidentes se las suele calificar de morbosas, pero más de una vez han confirmado mi esperanza de que la intención de la gente, ante todo, es ayudar y ser solidaria. Una mujer, al verme empapada, fue a buscar una camiseta afelpada de manga larga y unos pantalones de su marido. Acepté la ropa agradecida y me cambié en el incómodo espacio de la cabina del coche de bomberos. Una vez vestida, me quedé sentada unos segundos, disfrutando de la calidez de las prendas secas y de su desconocido olor, antes de salir de nuevo a presenciar las secuelas de aquella terrible pequeña tragedia.
Había encontrado el cuerpo donde había imaginado. La intensidad de la lluvia primaveral había creado un tamiz vertical de ramas y tallos ante la boca del conducto por donde discurría bajo la calle. En la barrera había todo tipo de objetos atrapados: latas de cerveza, trozos de alquitrán, los aros de plástico que sujetan los paquetes de seis latas. Y en medio de todo ello, la carne blanda de un niño pequeño.
– Alguien tendría que cuidar de usted -dijo Shigawa, que se me había acercado-. ¿Por qué no viene con nosotros?
– No -dije-. Estoy bien.
– En esos canales, uno puede pillar infecciones -insistió Shigawa-. Tendría que verla un médico.
