
– Qué agradable -dije, y también me coloqué de tal modo que recibiera el sol de la tarde. La sal se me había secado en la cara y notaba la piel tirante. Si decidía no lavármela después con agua dulce, pensé, ¿me quedaría un lustre vidriado como el de la sal y brillaría a la luz?
– Necesitabas distraerte un poco -dijo Genevieve-. Este último año ha sido… difícil.
«Difícil» era poco. La primavera anterior, la hija de Genevieve había sido asesinada y, en otoño, mi marido había ingresado en prisión. Al final de aquel año aciago, Genevieve había dejado la Oficina del Sheriff, se había reconciliado con Vincent, su marido, del que llevaba tiempo separada, y se había ido a vivir a París, donde él residía.
En diciembre, en nuestra primera conversación por conferencia transatlántica, ya planeamos que yo iría a visitarla, pero pasaron cinco meses hasta que me decidí. Cinco meses de nieve y temperaturas bajo cero, de arrancar el motor del coche con un alargo eléctrico, de beber café malo en la sala de la brigada y de hacer turnos dobles y trabajos extras para los que me ofrecía voluntaria. Entonces acepté la invitación de Gen. Acordamos encontrarnos en la costa.
– ¿Has sabido algo de la investigación sobre Royce Stewart? -preguntó mi ex compañera, como sin darle importancia a la cuestión. Era la primera vez que mencionaba el asunto.
– Hace ya un tiempo recibí alguna noticia -respondí-, pero desde entonces no he sabido nada más. Creo que la investigación está parada.
– ¡Qué bien! -replicó-. Me alegro por ti.
No le comenté que me habían interrogado acerca de la muerte de Stewart y mucho menos que alguien me había delatado como sospechosa de su asesinato. Qué curioso. Si no se lo había contado yo, ¿quién lo había hecho? Gen me había asegurado que no se mantenía en contacto con nadie de sus tiempos en Minnesota.
– ¿Quién te ha dicho que me consideran sospechosa? -inquirí.
