– No -repliqué con contundencia. No quería discutir con él, pero tampoco podía contarle la razón de mi negativa. Todos tenemos nuestros miedos secretos, y el mío es ir al médico.

– En realidad -intervino una nueva voz-, necesitamos a la detective Pribek para que preste declaración en la comisaría del centro.

Era Roz. No la conocía mucho, pero en aquellos momentos le estuve agradecida.

– Tiene razón -le dije a Shigawa. Y volviéndome a Roz, añadí-: Iré en mi coche. Está aquí cerca y así no tendrá que traerme luego de vuelta.

– De acuerdo -asintió Roz-. Lockhart, ¿por qué no vuelves a comisaría con la detective Pribek?


En realidad no lo necesitaba, pero comprendí que Roz, al mandar a Lockhart conmigo, había querido tener un gesto de consuelo para conmigo después de los acontecimientos de esa madrugada. En comisaría no había nadie que pudiera tomarme declaración en aquel momento, por lo que Lockhart me dejó sentada ante una mesa desocupada y me indicó que esperara. Allí, arrullada por el sonido familiar de la radio de las patrullas y vestida con la ropa que me había dado una desconocida, crucé los brazos, apoyé la cabeza en ellos y me dormí.

Capítulo 2

Los tres hermanos eran croatas. Llevaban ocho días en América y vivían con sus padres en la atestada casa de sus tíos y primos, que habían llegado a Mineápolis hacía un año. Los chicos todavía no se habían acostumbrado al cambio de horario y a menudo se despertaban cuando su padre y su tío se levantaban para ir al trabajo, en una fábrica de patatas fritas.

Los hermanos se habían quedado prendados de las bicicletas de sus primos y habían aprendido a montar en ellas. Despiertos y aventureros como suelen ser los niños a su edad, aquella madrugada, cuando el padre y el tío se marcharon al trabajo, ellos habían salido a dar una vuelta, aunque les habían prohibido coger las bicis si no iban con un adulto.



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