Ella escruta de nuevo su rostro, considerando si fiarse de él, o eso supone Luke.

– Pues la verdad es que he nacido aquí. Eso fue hace mucho tiempo.

Luke resopla.

– Será mucho tiempo para ti. Si hubieras nacido aquí, yo te conocería. He vivido en esta zona casi toda mi vida. ¿Cómo te llamas?

Ella no cae en la pequeña trampa.

– No me conoce -dice de manera tajante.

Durante unos minutos, solo se oye el sonido de la tela mojada que se está cortando con dificultad; las pequeñas puntas de las tijeras se mueven torpemente por el tejido empapado. Cuando termina, Luke se echa atrás para dejar que Judy limpie a la chica con una gasa mojada en agua caliente. Las manchas rojas de sangre se disuelven, revelando un pecho pálido y fino sin un solo arañazo. La enfermera deja caer ruidosamente en una bandeja metálica las pinzas que sujetan la gasa y sale deprisa de la sala de reconocimientos como si hubiera sabido desde el primer momento que no iban a encontrar nada y, aun así, Luke hubiera demostrado una vez más su incompetencia.

Él desvía la mirada mientras cubre con una sábana de papel el torso desnudo de la muchacha.

– Le habría dicho que no estaba herida si me lo hubiera preguntado -le explica a Luke en un murmullo.

– Pero no se lo has dicho al sheriff -responde Luke, echando mano a una banqueta.

– No. Pero se lo habría dicho a usted. -Le hace un gesto con la cabeza al médico-. ¿Tiene un cigarrillo? Me muero por fumar.

– Lo siento, no tengo. No fumo -responde Luke.

La muchacha le mira, escrutándole la cara con sus ojos azules como el hielo.

– Lo dejó hace tiempo, pero ha vuelto a fumar. No se lo reprocho, teniendo en cuenta todo lo que le ha pasado últimamente. Pero tiene un par de cigarrillos en su bata de laboratorio, si no me equivoco.

Luke se lleva la mano al bolsillo de manera instintiva y nota el tacto del papel de los cigarrillos, allí donde los ha dejado. ¿Ha sido un palo de ciego afortunado o se los ha visto en el bolsillo?



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