– Pues hazlo. No puedo quedarme aquí toda la noche. He dejado a Boucher en el bosque, buscando el cadáver.

Aun con luna llena, el bosque es oscuro e inmenso, y Luke sabe que el agente Boucher tiene muy pocas probabilidades de encontrar un cadáver él solo.

Luke tira del borde de su guante de látex.

– Ve a ayudar a Boucher mientras yo la examino.

– No puedo dejar aquí a la detenida.

– Por amor de Dios -dice Luke, sacudiendo la cabeza en dirección a la frágil muchacha-. Es difícil que pueda conmigo y se escape. Si tanto te preocupa, que se quede Henderson.

Los dos miran con disimulo a Henderson. El corpulento agente está apoyado en un mostrador, hojeando un viejo Sports Illustrated que han dejado en la sala de espera, con un vaso de café de la máquina en la mano. Tiene la figura de un oso de dibujos animados y es, como corresponde, simpático y tontorrón.

– No te servirá de mucha ayuda en el bosque. No pasará nada -dice Luke con impaciencia, dándole la espalda al sheriff como si el asunto estuviera ya zanjado. Siente que Duchesne le taladra la espalda con la mirada, mientras decide si discute con Luke.

Y entonces el sheriff se aleja de pronto en dirección a la doble puerta corredera.

– ¡Quédate aquí con la detenida! -le grita a Henderson, encasquetándose en la cabeza el grueso gorro con forro de piel-. Yo regreso para ayudar a Boucher. Ese idiota no se encontraría el culo ni con las dos manos y un mapa.

Luke y la enfermera atienden a la mujer atada a la cama. Luke coge unas tijeras.

– Voy a tener que cortarte la blusa -le avisa.

– Haga lo que quiera. Está echada a perder -dice ella con voz suave y un acento que Luke no es capaz de situar. La blusa es evidentemente cara. Es el tipo de prenda que sale en las revistas de moda y que nunca se vería llevar a alguien de Saint Andrew.

– No eres de por aquí, ¿verdad? -dice Luke, dándole conversación para relajarla.



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