
Mira a la mujer, que tiembla bajo la sábana de papel.
– Te voy a traer una bata de hospital y una manta. Debes de tener frío.
– Gracias -dice ella, bajando la mirada.
Luke regresa con una bata de franela rosa desteñida y una manta acrílica despeluchada de color azul bebé. Colores de maternidad. Le mira las manos, atadas a la camilla con correas de nailon.
– A ver, primero una mano y luego la otra -dice Luke, y desata la correa de la mano más cercana a la mesita donde están colocados los utensilios de reconocimiento: pinzas, tijeras ensangrentadas, bisturí.
Rápida como un conejo, ella se lanza a por el bisturí y su mano delgada se cierra a su alrededor. Lo apunta hacia él, con mirada salvaje y los orificios de la nariz rosados y abiertos.
– Tranquila -dice Luke, dando un paso atrás desde la banqueta, fuera del alcance de su mano-. Hay un policía en el pasillo. Si le llamo, se acabó, ¿sabes? No puedes dominarnos a los dos con ese bisturí. Así que ¿por qué no lo dejas?
– No le llame -dice ella, pero con el brazo todavía estirado-. Necesito que usted me escuche.
– Estoy escuchando.
La cama está entre Luke y la puerta. Ella puede soltarse la otra mano en el tiempo que él tardaría en llegar a la puerta.
– Necesito su ayuda. No puedo dejar que me detengan. Tiene que ayudarme a escapar.
– ¿Escapar? -De pronto, a Luke no le preocupa que la joven le haga daño con el bisturí. Está avergonzado por haber bajado la guardia, dejando que ella saque ventaja-. ¿Estás loca? No voy a ayudarte a escapar.
– Escúcheme…
– Has matado a alguien esta noche. Lo has dicho tú misma. No puedo ayudarte a escapar.
