– No fue un asesinato. Él quería morir, ya se lo he dicho.

– ¿Y vino a morir aquí porque también él se crió aquí?

– Sí -dice ella, un poco aliviada.

– Pues dime quién es. A lo mejor le conozco…

Ella niega con la cabeza.

– Ya se lo he dicho. No nos conoce. Aquí nadie nos conoce.

– Eso no lo sabes con seguridad. A lo mejor alguno de vuestros familiares… -La obstinación de Luke sale a relucir cuando se irrita.

– Mi familia no vive en Saint Andrew desde hace mucho, mucho tiempo. -Suena cansada. Después estalla-. Cree que sabe, ¿verdad? Muy bien. Me llamo McIlvrae. ¿Le suena ese apellido? Y el hombre del bosque se llama Saint Andrew.

– ¿Saint Andrew, como el pueblo? -pregunta Luke.

– Exacto, como el pueblo -responde ella, un tanto arrogante.

Luke siente unas curiosas burbujas que se filtran en su mente. No es exactamente reconocimiento. ¿Dónde ha visto ese apellido, McIlvrae? Sabe que lo ha visto u oído en alguna parte, pero esa información está fuera de su alcance.

– No ha habido un Saint Andrew en este pueblo desde hace… por lo menos cien años -dice Luke categóricamente, molesto porque le lleve la contraria una chica que pretende haber nacido allí, que está diciendo una mentira absurda que no le hará ningún bien-. Desde la guerra civil. O eso me han dicho.

Ella hace un amago con el bisturí para llamar su atención.

– Mire… no soy una persona peligrosa. Si me ayuda a escapar, no voy a hacer daño a nadie más. -Le habla como si fuera él quien no está siendo razonable-. Deje que le enseñe una cosa.

Y entonces, sin previo aviso, se apunta a sí misma con el bisturí y se corta el pecho. Una línea larga y ancha que empieza en el seno izquierdo y llega hasta la zona de las costillas bajo el seno derecho. Luke se queda paralizado un momento, mientras la línea se perfila en rojo sobre la piel blanca. La sangre brota de la herida, y por la abertura empieza a asomar el tejido orgánico carmesí.



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