– ¡Dios mío! -exclama él. ¿Qué demonios le pasa a esa chica? ¿Está loca? ¿Tiene ganas de morir? Sale de su desconcertada inercia y se dirige a la cama.

– ¡Atrás! -dice ella mientras lo amenaza de nuevo con el bisturí-. Espere y mire.

Alza el pecho, con los brazos en cruz, como para ofrecerle una visión mejor, pero Luke ve bien, solo que no puede creer lo que está viendo. Los dos bordes de la herida se están acercando uno a otro como los zarcillos de una planta, volviéndose a unir, entrelazándose. La herida ha dejado de sangrar y está empezando a cicatrizar. Durante el proceso, la chica respira agitadamente, pero no da señales de dolor.

Luke no está seguro de si eso es real. Está viendo algo imposible. ¡Imposible! ¿Qué se espera que piense? ¿Se ha vuelto loco, o está soñando, dormido en el sofá de la sala de los médicos? Sea lo que sea lo que ha visto, su mente se niega a aceptarlo y empieza a cerrarse.

– ¿Qué demonios…? -dice, apenas en un susurro. Vuelve a respirar, el pecho le sube y le baja, su rostro se ruboriza. Siente que va a vomitar.

– No llame al policía. Se lo explicaré, lo juro, pero no grite pidiendo ayuda, ¿vale?

Mientras Luke se balancea sobre los pies, le llama la atención que la zona de urgencias haya quedado en silencio. ¿Hay por ahí alguien que pueda oírle si grita? ¿Dónde está Judy, dónde está el policía? Es como si el hada madrina de la Bella Durmiente hubiera llegado flotando y lanzado un hechizo que dejara dormido a todo el mundo. Los ruidos habituales -las lejanas risas grabadas de un programa de televisión, el tic-tac metálico del interior de la máquina expendedora de refrescos- han desaparecido. No se oye el zumbido del limpiasuelos que recorre laboriosamente los pasillos vacíos. Solo existen Luke y su paciente y el sonido apagado del viento que azota la fachada del hospital e intenta entrar.

– ¿Qué ha sido eso? ¿Cómo lo has hecho? -pregunta Luke, incapaz de ocultar el miedo de su voz. Vuelve a deslizarse sobre la banqueta para no caerse al suelo-. ¿Qué eres?



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