
La última pregunta parece golpearla como un puñetazo en el abdomen. Agacha la cabeza y los vaporosos rizos rubios le tapan la cara.
– Eso… eso es lo único que no puedo decirle. Ya no sé lo que soy. No tengo ni idea.
Es imposible. Esas cosas no ocurren. No tiene explicación. ¿Qué pasa, es una mutante? ¿Hecha con materiales sintéticos que cicatrizan solos? ¿Es alguna especie de monstruo?
Y sin embargo, la chica parece normal, piensa el doctor mientras su corazón vuelve a acelerarse y la sangre le empieza a palpitar en las sienes. Las baldosas de linóleo parecen moverse bajo sus pies.
– Volvimos, él y yo, porque echábamos de menos este sitio. Sabíamos que todo iba a ser diferente, que ya no quedaba nadie, pero añorábamos lo que habíamos tenido -dice la joven con tristeza, mirando más allá del doctor, hablando sin dirigirse a nadie en particular.
La sensación que Luke ha tenido cuando la ha visto por primera vez esa noche -el hormigueo, el zumbido- forma entre ellos un arco fino y eléctrico. Quiere saber.
– Vale -dice temblando, con las manos en las rodillas-. Esto es de locos, pero adelante. Te escucho.
Ella respira hondo y cierra los ojos un momento, como si fuera a sumergirse bajo el agua. Y después, empieza.
2
Territorio de Maine, 1809
Empezaré por el principio, porque esa es la parte que tiene sentido para mí, la que he grabado en mi memoria, temiendo que si no lo hago se pierda a lo largo de mi recorrido, en el infinito paso del tiempo.
Mi primer recuerdo claro y vivido de Jonathan Saint Andrew es de una luminosa mañana de domingo en la iglesia. Estaba sentado en el extremo del banco de su familia, en la parte delantera de la sala de cultos. Tenía entonces doce años y ya era tan alto como cualquier hombre del pueblo. Casi tan alto como su padre, Charles, el hombre que había fundado nuestro pequeño asentamiento. Me habían contado que en otro tiempo Charles Saint Andrew había sido un gallardo capitán de la milicia, pero para entonces era un hombre maduro con una barriga blanda de patricio.
