
Jonathan no estaba prestando atención al oficio religioso, pero lo más probable era que pocos de los asistentes lo hiciéramos. El oficio de los domingos podía durar cuatro horas, hasta ocho si el pastor se sentía elocuente. ¿Quién podía decir sinceramente que se mantenía atento a cada palabra del predicador? Tal vez la madre de Jonathan, Ruth, que se sentaba junto a él en el sencillo banco vertical. Procedía de una estirpe de teólogos de Boston y podía darle al pastor Gilbert un buen rapapolvo si le parecía que su sermón no era lo bastante riguroso. Había almas en juego, y estaba claro que ella consideraba que las almas de aquel pueblo aislado en la naturaleza, lejos de las influencias civilizadoras, corrían un peligro especial. Pero Gilbert no era un fanático, y cuatro horas solían ser su límite, así que todos sabíamos que pronto saldríamos libres a la gloria de una hermosa tarde.
Mirar a Jonathan era uno de los pasatiempos favoritos de las chicas de la aldea, pero aquel domingo en particular era él quien miraba. No trataba de ocultar que estaba observando a Tenebraes Poirier. Su mirada no se había apartado de ella durante diez buenos minutos, sus astutos ojos castaños estaban fijos en el atractivo rostro de Tenebraes y en su cuello de cisne, pero sobre todo en su pecho, que se apretaba contra el ceñido percal de su corpiño cada vez que respiraba. Al parecer, no le importaba que Tenebraes fuera varios años mayor que él y estuviera prometida a Matthew Comstock desde que tenía seis.
¿Era amor?, me preguntaba yo mientras le miraba desde lo alto de la galería, donde mi padre y yo nos sentábamos con las otras familias pobres.
