Aquel domingo solo estábamos mi padre y yo, y el resto de mi familia se encontraba en la iglesia católica, al otro lado del pueblo, practicando la religión de mi madre, que procedía de una colonia acadiana del nordeste. Con la mejilla apoyada en el antebrazo, yo observaba a Jonathan con desdén, como solo puede hacerlo una niña enamorada En cierto momento, me pareció que Jonathan se mareaba, como si tragara con dificultad, y apartó por fin la mirada de Tenebraes, que se mantenía ajena al efecto que estaba causando en el hijo predilecto del pueblo.

Si Jonathan estaba enamorado de Tenebraes, yo ya podía tirarme desde la galería de la iglesia, a la vista de todos los del pueblo. Porque a los doce años, yo sabía con absoluta claridad que amaba a Jonathan con todo mi corazón, y si no podía pasar mi vida con él, lo mismo me daba morir. Estuve sentada al lado de mi padre hasta el final del oficio, con el corazón martilleando en la garganta, las lágrimas acumulándose detrás de mis ojos, aunque me decía que era una boba por dejar que se apoderara de mí algo que probablemente no tenía sentido.

Cuando terminó el oficio, mi padre, Kieran, me cogió de la mano y me condujo escalera abajo para reunirnos con nuestros vecinos en el prado comunal. Ese era el premio por permanecer sentados durante todo el oficio: la oportunidad de hablar con tus vecinos, de tener algo de relajación después de seis días de trabajo duro y tedioso. Para algunos, era el único contacto que tenían fuera de su familia en toda la semana, la única oportunidad de oír las últimas noticias y los cotilleos. Yo me quedé detrás de mi padre mientras él hablaba con un par de vecinos, espiando desde detrás de sus piernas para localizar a Jonathan, con la esperanza de que no estuviera con Tenebraes. Se encontraba junto a sus padres, solo, mirándoles la nuca como petrificado. Estaba claro que quería irse, pero igual habría podido desear que nevara en julio; la relación social después de los oficios religiosos solía durar una hora por lo menos, y más si el tiempo era tan agradable como aquel día, y a los más obstinados prácticamente había que llevárselos.



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