– ¿Qué quieres? ¿Es una de las jugarretas de Nevin?

Le guiñé un ojo.

– Yo… Hay una cosa que quiero preguntarte.

Pero no podía hablar en presencia de todos aquellos adultos. Era solo cuestión de tiempo que los padres de Jonathan se dieran cuenta de que había una niña entre ellos, y se preguntarían qué demonios estaba haciendo la hija mayor de Kieran McIlvrae, si era verdad que los hijos de McIlvrae tenían extrañas intenciones para con su hijo.

Le cogí la mano con las dos mías.

– Ven conmigo.

Le guié a través de la multitud, volviendo al vacío vestíbulo de la iglesia, y por razones que nunca sabré, él me obedeció. Curiosamente, nadie se fijó en nuestra partida, nadie gritó para impedir que nos marcháramos solos. Nadie se separó del grupo para acompañarnos. Era como si el destino conspirara también para que Jonathan y yo tuviéramos nuestro primer momento juntos.

Entramos en el guardarropa, con su frío suelo de pizarra y sus huecos oscuros, sus insinuaciones de soledad. El sonido de las voces parecía muy lejano, solo eran murmullos y fragmentos de conversación que llegaban desde el prado. Jonathan estaba inquieto, confuso.

– Bueno, ¿qué es lo que quieres decirme? -preguntó con un tono de impaciencia en la voz.

Yo había pensado en preguntarle por Tenebraes. Quería preguntarle por todas las chicas del pueblo, cuáles le gustaban y si se había prometido con alguna de ellas. Pero no podía. Aquellas preguntas se agolpaban en mi pecho y me tenían al borde del llanto.

Y así, por pura desesperación, me acerqué a él y apreté mis labios contra los suyos. Supe que le sorprendió por la manera en que se echó atrás, solo un poco, antes de recobrarse. Y entonces hizo algo inesperado: me devolvió el beso. Se me echó encima, buscando mis labios con la boca, echando el aliento en la mía.



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