
– No. -Judy está absorta en algo que está haciendo en el ordenador. La luz del monitor destella en sus gafas bifocales.
Luke carraspea para llamar su atención.
– Entonces ¿quién es? ¿Alguien del pueblo?
Luke está harto de enmendar a sus vecinos. Parece que ese pueblo tan duro solo pueden aguantarlo los camorristas, los borrachos y los inadaptados.
Judy aparta la vista del monitor, apoyando un puño en la cadera.
– No. Una mujer. Y no es de por aquí.
Eso es poco corriente. Es raro que la policía lleve mujeres, a menos que sean la víctima. De vez en cuando, llevan a un ama de casa del pueblo que se ha peleado con su marido. O en verano a alguna turista que se descontrola en el Blue Moon. Pero en esa época del año no quedan turistas por ninguna parte.
Esa noche toca algo diferente. Luke coge un gráfico.
– Vale. ¿Qué más tenemos?
Casi no escucha mientras Judy le detalla la actividad del turno anterior. Ha sido una tarde bastante ajetreada, pero a las diez de la noche hay tranquilidad. Luke vuelve a la sala a esperar al sheriff. No soportaría otra puesta al día sobre la inminente boda de la hija de Judy, una interminable disertación sobre el precio de los trajes de novia, el catering, los floristas… «Dile que se fugue», le contestó una vez Luke a Judy, y ella lo miró como si acabara de confesar que era miembro de una organización terrorista. «La boda de una chica es el día más importante de su vida -replicó Judy en tono de mofa-. Tú no tienes ni una pizca de romanticismo. No me extraña que Tricia se divorciara de ti.» Ha dejado de responder «Trida no se divorció de mí, yo me divorcié de ella», porque ya nadie le hace caso.
Luke se sienta en el destartalado sofá de la sala y procura distraerse con un sudoku. Pero está pensando en el trayecto al hospital de esa noche, en las casas ante las que ha pasado por las carreteras solitarias, luces aisladas brillando en la oscuridad.
