¿Qué hace la gente metida en sus casas durante tantas horas las tardes de invierno? Como médico del pueblo, no hay secretos para Luke. Conoce todos los vicios: quién pega a su mujer; a quién se le va la mano con los niños; quién bebe y acaba empotrando su camioneta en un banco de nieve; quién sufre depresiones crónicas a causa de otro mal año de cosechas y la falta de perspectivas. Los bosques de Saint Andrew son espesos y están repletos de oscuros secretos. Eso le recuerda a Luke por qué quiere marcharse de ese pueblo: está harto de conocer sus secretos y de que los demás conozcan los suyos.

Y además está lo otro, en lo que piensa últimamente cada vez que entra en el hospital. No hace tanto tiempo que falleció su madre y recuerda con nitidez la noche en que la trasladaron a la unidad llamada de manera eufemística «el albergue», las habitaciones para pacientes cuyo final está demasiado próximo para que merezca la pena ingresarlos en el centro de rehabilitación de Fort Kent. Sus funciones cardíacas habían descendido a menos del diez por ciento y tenía que esforzarse cada vez que respiraba, incluso con una mascarilla de oxígeno. Luke estuvo sentado a su lado aquella noche, solo, porque era tarde y las demás visitas se habían ido a casa. Cuando su madre sufrió la última parada cardíaca, él la tenía cogida de la mano. Para entonces, ella estaba agotada y solo se agitó un poco; después la mano se relajó y ella se marchó tan en silencio como la puesta del sol que deja paso al anochecer. La alarma del monitor se activó casi al mismo tiempo que la enfermera de guardia entraba corriendo, pero Luke apagó el interruptor y le hizo a la enfermera un gesto de que se marchara, sin pensárselo. Cogió el estetoscopio que llevaba colgado del cuello y comprobó el pulso y la respiración. Estaba muerta.

La enfermera de guardia le preguntó si quería estar un rato a solas y él dijo que sí.



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