
No era momento para desear que las cosas fueran diferentes. Estaba solo y tendría que arreglárselas por su cuenta. Se ruborizó de vergüenza, sabiendo lo mucho que su madre había deseado que él y Tricia siguieran juntos, cómo le sermoneó por dejarla escapar. Echó un vistazo a la difunta, un acto reflejo de culpabilidad.
La muerta tenía los ojos abiertos. Un minuto antes, estaban cerrados. Luke sintió que se le encogía el pecho de esperanza, aunque sabía que aquello no significaba nada. Un simple impulso eléctrico que recorría los nervios, y las sinapsis dejaban de funcionar, como un coche petardeando mientras pasan por el motor los últimos vapores de gasolina. Extendió el brazo y le bajó los párpados.
Se abrieron por segunda vez, de forma natural, como si su madre se estuviera despertando. Luke casi dio un salto atrás, pero consiguió controlar el susto. No; susto, no: sorpresa. Volvió a colocarse su estetoscopio y se inclinó sobre ella, apretando el diafragma contra el pecho. Silencio; la sangre no circulaba por las venas, no había respiración. Le cogió la muñeca. No tenía pulso. Consultó su reloj: habían pasado quince minutos desde que declaró muerta a su madre. Le bajó la mano fría, incapaz de dejar de mirarla. Habría jurado que ella le estaba devolviendo la mirada, con los ojos fijos en él.
