
Y entonces la mano de su madre salió de debajo de la sábana y lo buscó. Estirada hacia él, con la palma hacia arriba, le hacía señas para que Luke la cogiera. Él lo hizo y la llamó por su nombre, pero en cuanto agarró la mano, la dejó caer. Estaba fría y sin vida. Luke dio cinco pasos alejándose de la cama, frotándose la frente, preguntándose si estaba alucinando. Cuando se volvió, los ojos de su madre estaban cerrados y su cuerpo inmóvil. Luke apenas podía respirar, con el corazón palpitándole en la garganta.
Tardó tres días en decidirse a hablar con un colega de profesión de lo que había ocurrido. Eligió al viejo John Mueller, un médico de cabecera pragmático que se sabía que atendía los partos de terneros de un ganadero vecino. Mueller le había echado una mirada escéptica, como si sospechara que Luke había estado bebiendo. «Temblores de los dedos de manos y pies, sí, eso ocurre -había dicho-. Pero ¿quince minutos después? ¿Movimiento muscular-esquelético? -Mueller había vuelto a mirar fijamente a Luke, como si el mero hecho de estar hablando de aquello fuera vergonzoso-. Crees que lo viste porque querías verlo. No deseabas que estuviera muerta.» Luke sabía que no era así. Pero no había querido insistir en ello, al menos entre médicos.
«Además -había añadido Mueller-, ¿qué diferencia hay? Aunque el cuerpo se moviera un poco, ¿acaso piensas que estaba intentando decirte algo? ¿Crees en ese rollo de la vida después de la muerte?»
Pensar en ello cuatro meses después todavía le produce a Luke un ligero escalofrío que le baja por los brazos. Deja la revista de sudokus en la mesita y se masajea la cabeza con los dedos, para librarse de la confusión. La puerta de la sala se abre hacia atrás con un chasquido: es Judy.
