– Joe está aparcando ahí delante.

Luke sale sin su parka, para que el frío le despeje a bofetadas. Ve cómo Duchesne para junto a la acera en una gran furgoneta pintada de negro y blanco, con el distintivo del escudo del estado de Maine en las puertas delanteras y una discreta barra de luces sujeta al techo. Luke conoce a Duchesne desde que los dos eran niños. No estaban en el mismo curso, pero coincidieron en el colegio, así que lleva más de veinte años viendo la estrecha cara de hurón de Duchesne, con sus ojos brillantes y su nariz algo siniestra.

Con las manos en las axilas para calentárselas, Luke ve cómo Duchesne abre la puerta y agarra del brazo a la detenida. Tiene curiosidad por ver a la alborotadora. Se esperaba una motorista grandota y hombruna, con la cara colorada y un labio partido, y le sorprende ver que la mujer es menuda y joven. Podría ser una adolescente. Delgada y andrógina, excepto por la cara bonita y la mata de tirabuzones rubios, un pelo de querubín.

Cuando mira a la mujer (¿la chica?), Luke siente un extraño hormigueo, un zumbido en la cabeza. Esa pulsación capta algo que es casi… reconocimiento. «Te conozco», piensa. Puede que no el nombre, pero sí algo más fundamental. ¿Qué es? Luke fuerza la vista, estudiándola con más atención. «¿La he visto antes en alguna parte?» No, se da cuenta de que se equivoca.

Mientras Duchesne conduce por el codo a la mujer, que va maniatada con una brida de plástico, un segundo coche de policía se detiene y un agente, Clay Henderson, se baja y se encarga de acompañar a la detenida a urgencias. Cuando pasan, Luke ve que la blusa de la detenida está mojada, con una mancha oscura, y percibe un olor familiar mezcla de hierro y de sal, el olor de la sangre.

Duchesne se acerca a Luke, señalando con la cabeza en dirección a la pareja.

– La hemos encontrado así, andando por la orilla de la pista forestal que va a Fort Kent.



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