
– ¿Sin abrigo? ¿A cuerpo, con este tiempo? No podía llevar mucho tiempo fuera.
– No. Escucha, necesito que me digas si está herida o si puedo llevarla a la comisaría y encerrarla.
Aun teniendo en cuenta que Duchesne es un agente de la ley, Luke siempre ha sospechado que se le va la mano; ha visto a demasiados borrachos que llegaban con chichones o con contusiones faciales. Esa chica es solo una cría. «¿Qué demonios puede haber hecho?»
– ¿Por qué está detenida? ¿Por no llevar abrigo con este tiempo?
Duchesne le dirige a Luke una mirada cortante; no está acostumbrado a que se burlen de él.
– Esa chica es una asesina. Nos ha dicho que ha matado a un hombre a puñaladas y que ha dejado su cadáver en el bosque.
Luke ejecuta los movimientos de examinar a la detenida, pero apenas puede pensar a causa de la extraña pulsación que siente en la cabeza. Le apunta con una linterna de bolsillo a los ojos -son del azul más claro que ha visto nunca, como dos cristales de hielo comprimido- para ver si tiene dilatadas las pupilas. La piel está húmeda al tacto, el pulso es bajo y la respiración entrecortada.
– Está muy pálida -le dice a Duchesne mientras se separan de la cama a la que la detenida está atada por las muñecas-. Eso podría significar que se está poniendo cianótica. Que va a entrar en shock.
– ¿Eso quiere decir que está herida? -pregunta Duchesne, escéptico.
– No necesariamente. Podría sufrir un trauma psicológico. Tal vez por una discusión. Puede que por pelear con ese hombre al que dice que ha matado. ¿Cómo sabes que no ha sido en defensa propia?
Duchesne, con las manos en las caderas, observa a la detenida de la cama como si pudiera discernir la verdad solo con mirarla. Cambia su peso de un pie al otro.
– No sabemos nada. No ha contado mucho. ¿Puedes decir si está herida? Porque si no está herida, me la llevo detenida.
– Tengo que quitarle la blusa, limpiar la sangre…
