– Fantástico. Iré a despedirme de Gloria.

– Claro. Hasta mañana.

Lori asintió con la cabeza y volvió al despacho.

– Me marcho -le dijo a Gloria-. Volveré por la mañana.

Gloria dejó de mirar la revista que estaba leyendo y la miró por encima de las gafas.

– No sé por qué crees que me importa que vengas o te vayas. Me da exactamente igual.

– Yo también lo he pasado bien, Gloria -Lori sonrió-. Ha sido un día estupendo.


Reid aparcó el deportivo detrás del Downtown Sports Bar y se bajó. Se quedó un minuto mirando la puerta y se dijo a sí mismo que no iba a ser tan espantoso. Llevaba trabajando en el bar familiar desde que se rompió el brazo y tuvo que retirarse del béisbol. «Trabajar» era una forma de llamar a lo que hacía. En teoría, era el director general. En la práctica, entraba y salía cuando quería, a veces trabajaba detrás de la barra, contaba historias de su carrera como jugador de béisbol y contrataba al personal femenino. Siempre había pensado que ese bar dedicado al deporte era su refugio; un sitio donde recalar cuando era conocido y admirado. Ese día se le caía la cara de vergüenza. Todo el mundo que había dentro lo conocía y apostaría su abultada cuenta bancaria a que todos habían leído el periódico de la mañana.

– A mí qué me importa -farfulló mientras abría la puerta trasera con su llave.

Con la intención de pasar el trago lo antes posible, dejó a un lado la seguridad relativa de su despacho y entró en el bar. Se hizo el silencio y todos los ojos se clavaron en él. Reid siguió adelante.

– Hola… -lo saludó una de las camareras con una mueca que parecía una sonrisa-. Me alegro de verte.

Él asintió con la cabeza y siguió su camino entre el gentío.



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