– Siempre puedes ir a casa de Gloria -dijo Cal-. Nadie te buscaría allí. ¿No dijiste que una de las enfermeras la había instalado en el piso de abajo.

– En el despacho… -confirmó Reid mientras pensaba esa alternativa.

– Tendrías todo el piso de arriba para ti -siguió Walker.

– Hay mucho espacio -murmuró Reid.

Además, su presencia desquiciaría a Lori y eso era un aliciente.

Una mujer se acercó a la mesa. Era alta y exuberante. Le sonrió.

– Cariño, sólo quería decirte que la noche que pasamos juntos fue increíble. Me acuerdo de cada instante y estoy dispuesta a jurarlo. ¿Quieres mi número de teléfono?

Reid la miró fijamente y se dio cuenta de que no la recordaba en absoluto. ¿Qué significaba eso?

– Te lo agradezco. Si necesito una declaración firmada, le lo diré.

– No lo dudes. Siempre estoy dispuesta.

Ella se dio la vuelta y se alejó. Él miró el contoneo de sus caderas y no sintió nada. Después del día que había pasado, tardaría meses en volver a pensar en el sexo, y eso era una perspectiva desoladora. Se dejó caer contra el respaldo de la silla y miró a sus hermanos.

– La periodista me tiene bien atrapado. No puedo demandarla. No ganaría nada y sería un circo. Mi representante dice que si desaparezco, se desvanecerá el interés.

– Tiene razón -afirmó Walker-. La gente se fijará en la vida de otro.

– ¿Cuándo? -preguntó Reid-. También comenté con mi representante la parte del artículo donde dice que dejo de ir a los actos benéficos cuando he aceptado asistir. Nunca haría algo así.

No lo había hecho. Detestaba esos actos y, por principio, nunca aceptaba una invitación. Mandaba cheques… Su representante los mandaba.

– Que un niño me mande una carta para invitarme a un acto benéfico no significa que tenga que asistir. Sin embargo, la periodista opina otra cosa.

– No te obsesiones -le aconsejó Cal-. No puedes hacer nada.



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