Al menos era un periódico local, intentó consolarse. No tendría que aguantar a sus ex compañeros de béisbol.

Sonó el teléfono y descolgó.

– ¿Diga?

– ¿El señor Reid Buchanan? Hola, soy una productora de Access Hollywood. Quería saber si le gustaría comentar algo sobre el artículo del periódico de Seattle. El que habla de…

– Sé de qué habla -gruñó él.

– Perfecto -la chica dejó escapar una risita-. ¿Le parece bien una entrevista? Puedo enviarle un equipo esta mañana. Seguro que quiere dar su punto de vista.

Reid colgó entre maldiciones. ¿Ya lo sabía Access Hollywood?

El teléfono volvió a sonar. Pensó tirarlo contra la pared, pero también pensó que el aparato no tenía la culpa de su desastre.

Sonó su teléfono móvil. Vio un número de teléfono que le sonaba. Era un amigo de Atlanta. Resopló con alivio. Podía contestar.

– Hola, Tommy. ¿Qué tal todo?

– Reid,… ¿Has visto el artículo? ¡Menuda bazofia! Pero… demasiada información.


Si Lori Johnston creyera en la reencarnación, se preguntaría si había sido un general o un estratega en otra vida. Lo que más le gustaba era tomar algunos elementos sin relación entre ellos, juntarlos y conseguir la solución perfecta para un problema.

Esa mañana tenía que lidiar con un material hospitalario que había llegado un día después de lo previsto y con un servicio de comidas que había dado el menú equivocado a cada interno. En el tiempo que le quedaba libre tenía que recoger y llevar a casa, sano y salvo, a su nuevo paciente. En el supuesto de que el conductor de la ambulancia fuera puntual. Cualquiera estaría gritando y amenazando, pero ella se sentía estimulada. Haría frente a las dificultades y saldría victoriosa, como siempre.

Los montadores se apartaron para que pudiera ver e inspeccionar la cama de última tecnología. Se tumbó para comprobar que no tenía la más mínima irregularidad. Lo que podía resultar incómodo para alguien sano podía ser insoportable para un paciente con la cadera rota. Cuando el colchón pasó la inspección, tomó los mandos.



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