
– Se oye un chirrido al levantar la cama -comentó-. ¿Pueden arreglarlo?
Los hombres intercambiaron una mirada de desesperación, pero a ella le dio igual.
También revisó la mesilla con ruedas, que estaba bien, así como la silla de ruedas y el andador.
Mientras los montadores arreglaban el chirrido, fue a la cocina, donde el servicio de comidas intentaba ordenar lo que había llevado.
– ¿Las alubias con guindilla? -preguntó una mujer con uniforme blanco.
– Tiene que llevárselo -Lori señaló la lista que había dejado en la puerta de la nevera-. Es una mujer de más de setenta años. Ha tenido un ataque al corazón y la han operado una cadera rota. Está en tratamiento. He pedido algo sabroso, no picante. Queremos animarla a comer, pero puede tener el estómago delicado por los medicamentos. Queremos platos tentadores y sanos. Nada de platos mexicanos o japoneses, nada exótico.
Estaba ligeramente desesperada, pero se saldría con la suya y luego se compraría algún capricho de chocolate en su tienda favorita. El chocolate le animaba el día.
– Puedes castigarlos. Así aprenderán a prestar atención.
Lori no tuvo que volverse para saber quién estaba en la puerta de la cocina. Sólo se habían visto una vez, en la entrevista. Durante los veinte minutos que duró, se dio cuenta de que podía sentirse irresistiblemente atraída por alguien a quien detestaba. Todo él estaba grabado a fuego en su cerebro, incluso el sonido de su voz. Por un instante, pensó en hacerse una lobotomía.
Se preparó para recibir el impacto de aquellos ojos oscuros y perspicaces, de aquella cara tan guapa que a él mismo le producía timidez y de esa indolencia natural que debería sacarla de sus casillas pero que hacía que se derritiera.
