
Reid Buchanan representaba todo lo que le disgustaba de un hombre. Todo había sido fácil para él y por eso nada tenía mérito. La mujeres se arrojaban a sus brazos. Había sido un gran jugador de béisbol, aunque a ella no le interesaba el deporte y no conocía todos los detalles. Además, nunca en su vida se había fijado en una mujer tan corriente como ella.
– ¿No tienes nada mejor que hacer que venir a incordiarme? -preguntó ella mientras se daba la vuelta.
Al verlo, dejó de respirar, por no decir nada de pensar.
– Incordiarte es un placer inesperado, pero no he venido por eso. Mi abuela vuelve hoy a casa.
– Lo sé. Ya lo he preparado.
– Pensé que debía pasar a visitarla.
– Estoy segura de que si ella hubiera sabido que ibas a venir a visitarla cuatro horas antes de que fuera a salir de aquí, se alegraría tanto que su recuperación se pararía de golpe.
Pasó de largo junto a él e intentó pasar por alto que lo rozó con el brazo y lo abochornada que se sentía. Era lamentable.
– ¿No va a salir después de comer? -preguntó él mientras la seguía a la biblioteca.
– Desgraciadamente, no. Pero ha sido apasionante verle. Siento que no puedas quedarte.
Él se apoyó en el marco de la puerta. Lo hacía a menudo. Debía de saber lo mucho que le favorecía, se dijo Lori con rabia. Seguro que lo ensayaba en su casa.
Sabía que Reid era superficial y que sólo le interesaban las mujeres tan perfectas como él. Entonces, ¿por qué la atraía tanto? Ella era inteligente y debería estar prevenida. Efectivamente, su cabeza lo sabía, el problema estaba en el resto del cuerpo. Era un arquetipo, era la típica mujer inteligente de aspecto normal que perseguía lo inalcanzable. Seguro que en las librerías había estanterías enteras con libros de autoayuda dedicados a su situación.
– ¿No tienes que marcharte? -preguntó ella.
– Por el momento, pero volveré.
– Esperaré ansiosa.
