
Efectivamente, por eso había aceptado el trabajo. Estaba ahorrando para tomarse algunos meses libres el año siguiente. Sin embargo, habría aceptado aunque no le hubieran pagado tanto; sólo para demostrar que todo el mundo se equivocaba con Gloria Buchanan.
Lori tomó la carpeta.
– ¿Está mejorando con la fisioterapia?
– A juzgar por los alaridos -Vicki suspiró-, sí, está mejorando. Ayer le hicimos una radiografía de la cadera y parece que está bien. El ataque al corazón fue leve y la obstrucción ha desaparecido. Con la nueva medicación debería vivir otros veinte años: que Dios se apiade de nosotros.
Lori no sabía casi nada de Gloria, en el terreno personal. Había investigado y se había enterado de que enviudó cuando era joven. Puso un restaurante y, en una época en que las mujeres o se quedaban en sus casas o eran maestras, levantó un imperio. Su hijo único murió a los treinta y pocos años y su nuera falleció en un accidente de coche unos años después. Pese al espantoso dolor, Gloria se hizo cargo de sus cuatro nietos y los crió mientras se ocupaba de cuatro restaurantes. Cualquiera que hubiera pasado por todo eso ganaba el derecho a ser un poco complicado.
– Iré a presentarme -comentó Lori-. La ambulancia ya ha llegado para llevarla a su casa. Recogeré toda la documentación cuando salgamos.
– Claro -Vicki asintió con la cabeza-. Estaré por aquí. Buena suerte.
Lori se despidió con la mano y fue hacia la habitación de Gloria. Pobrecilla. todo el mundo estaba empeñado en considerarla un fastidio. Sin embargo, según lo que había podido descubrir, nadie de su familia había querido saber nada de ella. Gloria estaba lastimada, sola y, seguramente, se sentiría decaída. La soledad no era recomendable en ninguna circunstancia.
