Llamó a la puerta antes de entrar.

– Señora Buchanan -Lori sonrió a la mujer de pelo blanco que estaba tumbada en la cama-. Me llamo Lori Johnston. Seré su enfermera de día durante la convalecencia.

Gloria dejó el libro que estaba leyendo y la miró por encima de las gafas.

– Lo dudo. Reid iba a elegir las enfermeras que se ocuparían de mí. Estoy segura de que le parecerá cómico: a él sólo le gustan las mujeres guapas con pechos grandes. Desgraciadamente, tienen un cociente intelectual más pequeño que sus cinturas. Usted no es atractiva ni está bien dotada. Se ha equivocado de habitación.

Lori abrió la boca y volvió a cerrarla. Se quedó atónita ante el insulto, lo cual, seguramente, fue una ventaja.

– No pongo en duda los gustos de su nieto en cuanto a las mujeres. En realidad, encaja perfectamente con todo lo que sé de él. Es posible que no sea su ideal, pero, no obstante, sí me eligió para que la cuidara a usted. Al menos, durante el día. Tendrá otra enfermera de noche.

– No quiero trabajar con usted.

– ¿Por qué?

– Capto a la gente. No me gusta su aspecto. Márchese.

Ése era el tono en el que Lori podía desenvolverse mejor. Sonrió mientras se acercaba a la cama.

– Le expondré la situación. Tengo una ambulancia que está esperándola y hay dos tipos fornidos que van a llevarla a su casa. Allí hay una cama en el piso de abajo, además de una comida y la privacidad que nunca encontrará en un sitio como éste. ¿Por qué no espera a que lleguemos antes de despedirme?

– Está siguiéndome la corriente y no lo soporto.

– No me hace gracia que me insulten, pero voy a aguantarme. ¿Y usted?

Gloria entrecerró los ojos.

– No es una de esas personas que está siempre contenta, ¿verdad?

– No. Soy sarcástica y exigente.



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