
—¿Qué debo ponerme yo?
—Como tendrás que tragarte todo el paseo, algo práctico. —Sonrió perversamente—. Ese vestido rojo de seda será lo bastante atractivo para nuestros anfitriones de la Estación.
—Sólo para la mitad masculina, amor —señaló ella—. ¿Y si el jefe de seguridad es una cuadrúmana? ¿Se sienten los cuadrúmanos atraídos por los planetarios?
—Una sí, al menos —suspiró él—. De ahí el problema… Partes de la Estación Graf están a cero-ge, así que querrás llevar pantalones o calzas en vez de las faldas al estilo barrayarés. Algo con lo que puedas moverte.
—Oh. Sí, ya veo.
Llamaron a la puerta del camarote, y oyeron la tímida voz del soldado Roic.
—¿Milord?
—Ya voy, Roic.
Miles y Ekaterin intercambiaron sus sitios (al encontrarse a la altura del pecho de ella, Miles le robó al pasar un abrazo agradablemente animado), y él salió al estrecho pasillo de la nave correo.
Roic vestía una versión ligeramente más sencilla del uniforme de la Casa Vorkosigan de Miles, como correspondía a su estatus de vasallo y hombre de armas.
—¿Quiere que empaquete sus cosas para trasladarles a la nave insignia barrayaresa, milord? —preguntó.
—No. Vamos a quedarnos en el correo.
Roic casi consiguió ocultar un respingo. Era un joven de impresionante estatura e intimidante anchura de hombros, y había descrito su camastro encima de la sala de máquinas del correo como más o menos igual que dormir en un ataúd, milord, si no fuera por los ronquidos.
—No quiero entregar el control de mis movimientos —añadió Miles—, por no mencionar mi suministro de aire, a ninguno de los bandos de esta disputa. Los camastros de la nave insignia no son mucho más grandes de todas formas, te lo aseguro, soldado.
Roic sonrió con pesar, y se encogió de hombros.
—Me temo que tendría que haber traído a Jankowski, señor.
—¿Por qué? ¿Porque es más bajito?
