
—Milord Vorkosigan.
El tono de Vorpatril pareció ligeramente irritado.
—El oficial jurídico de mi flota, el alférez Deslaurier.
El alto Deslaurier, pálido y descolorido bajo un leve rastro de acné adolescente, consiguió asentir.
Miles parpadeó sorprendido. Cuando, bajo su antigua identidad dedicada a operaciones encubiertas, comandaba una flota mercenaria supuestamente independiente para las operaciones galácticas de SegImp, llevaba los asuntos jurídicos todo un departamento: negociar el tránsito pacífico de naves armadas era un trabajo a tiempo completo de complejidad diabólica.
—Alférez —Miles devolvió el ademán y eligió sus palabras con cuidado—. Usted, ah… parece que tiene una responsabilidad considerable, dados su rango y edad.
Deslaurier se aclaró la garganta y, con voz casi inaudible, dijo:
—Nuestro jefe de departamento fue enviado a casa, milord Auditor. Permiso por luto. Su madre murió.
«Creo que empiezo a comprender qué pasa aquí.»
—¿Es éste su primer viaje galáctico, por casualidad?
—Sí, milord.
Vorpatril intervino, posiblemente con intención compasiva.
—Mi personal y yo estamos enteramente a su disposición, milord Auditor, y tenemos nuestros informes preparados. ¿Quiere seguirme a nuestra sala de reuniones?
—Sí, gracias, almirante.
Después de dar vueltas y agacharse por los pasillos, el grupo llegó a la típica sala de reuniones militar: sillas y equipo de holovid atornillados al suelo, alfombra de fricción ocultando el leve olor mustio de una habitación sellada y poco iluminada que nunca disfrutaba de la luz del sol ni del aire fresco. El lugar olía a militar. Miles reprimió el deseo de inhalar nostálgicamente, recordando los viejos tiempos. A un gesto suyo, Roic montó guardia junto a la puerta, impasible. Los demás esperaron a que Miles se sentara y luego se repartieron por la mesa, Vorpatril a su izquierda, Deslaurier lo más lejos posible.
