
—La nave Idris de la Corporación Toscane atracó para efectuar unos cuantos ajustes en la impulsión de salto y se encontró con complicaciones cuando desmontó el equipo —continuó Vorpatril—. Las partes reparadas no pasaron las pruebas de calibración cuando fueron reinstaladas y se enviaron a los talleres de la Estación para que volvieran a fabricarlas. Los cinco días se convirtieron en diez, mientras se iban pasando la pelota de unos a otros. Entonces el teniente Solian desapareció.
—¿Entiendo correctamente que el teniente era el oficial de relaciones de seguridad barrayarés a bordo de la Idris? —dijo Miles. El poli de la flota era el encargado de mantener la paz y el orden entre tripulación y pasajeros, echar un ojo a cualquier actividad ilegal o amenazadora o a cualquier persona sospechosa (bastantes actos de piratería se cometían desde dentro) y ser la primera línea de defensa de la contrainteligencia. En segundo plano, tenía que mantener los oídos abiertos en busca de desafectos potenciales entre los súbditos komarreses del Emperador. Estaba obligado a prestar toda la ayuda posible a la nave en emergencias físicas y a coordinar las evacuaciones o rescates con la escolta militar. El trabajo del oficial de enlace podía pasar de ser mortalmente aburrido a letalmente exigente en un abrir y cerrar de ojos.
El capitán Brun habló por primera vez.
—Sí, milord.
Miles se volvió hacia él.
—Uno de los suyos, ¿no? ¿Cómo describiría al teniente Solian?
—Acababan de asignarlo —respondió Brun, luego vaciló—. No tenía una relación personal estrecha con él, pero en todas las evaluaciones previas que se le hicieron le dieron notas altas.
Miles miró al consignatario.
—¿Lo conocía usted, señor?
—Nos vimos unas cuantas veces —dijo Molino—. Estuve casi todo el tiempo a bordo de la Rudra, pero mi impresión es que era amistoso y competente. Parecía llevarse bien con la tripulación y los pasajeros. El anuncio ambulante de la asimilación.
