Era un sello de cristal. Opaco pero luminoso. Ésta era su maravilla mayor. Colocado en el trípode frente a la ventana, la luz lograba traspasarlo y entonces el cristal refulgía. Lanzaba tenues destellos y permitía que apareciesen, reveladas por la luz, unas letras ilegibles, letras de un idioma desconocido para el anciano director de orquesta; una partitura en un alfabeto misterioso, quizás el lenguaje de un pueblo perdido, acaso un clamor sin voz que llegaba de muy lejos en el tiempo y que, en cierto modo, se burlaba del artista profesional, tan atenido a la partitura que,aún sabiéndola de memoria, debía tener siempre frente a los ojos a la hora de la ejecución…

Luz en silencio.

Letra sin voz.

El anciano debía inclinarse, acercarse a la misteriosa esfera y pensar que ya no tendría tiempo de descifrar el mensaje de los signos inscritos en su circularidad.

Un sello de cristal que debió ser cincelado, acariciado, acaso, hasta alcanzar esa forma sin fisuras, como si el objeto fuese fabricado gracias a un fiat instantáneo: Hágase el sello, y el sello fue. El maestro no sabía qué admirar más en la delicada esfera que en este preciso instante él mantenía posada entre las manos, temeroso de que su pequeño y excéntrico tesoro se quebrase, pero tentado, a cada momento (y cediendo a la tentación), a posarlo sobre una mano y acariciarlo con la otra, como si buscara, a un tiempo, una soldadura inexistente y una tersura inimaginable.

El peligro lo alteraba todo. El objeto podía caer, estrellarse, hacerse añicos…

Sus sentidos, sin embargo, se colmaban y vencían el presagio. Ver y tocar el sello de cristal significaba igualmente saborearlo como si fuese, más que el recipiente, el vino mismo de un manantial que fluye sin cesar. Ver y tocar el sello de cristal era también olerlo, como si esa materia limpia de toda excrecencia se pusiese repentinamente a sudar, llenándose de poros vidriosos; como si el cristal pudiera expulsar su propia materia y manchar, indecente, la mano que lo acariciaba.



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