
—Saca a esta zorra drezenita de aquí —dijo finalmente a Unoure, antes de volverse y accionar los fuelles de pie del brasero. Los rescoldos sisearon y se iluminaron, y una lluvia de chispas ascendió por la chimenea cubierta de hollín—. Luego lleva a este bastardo a la piscina de ácido.
Estábamos en la puerta cuando el torturador jefe, sin dejar de accionar los fuelles con un movimiento regular y vigoroso del pie, la llamó:
—¿Doctora?
Ella se volvió mientras Unoure abría la puerta y sacaba el pañuelo negro de su delantal.
—¿Sí, torturador jefe? —dijo.
El torturador se volvió a mirarnos, muy sonriente, mientras seguía atizando las llamas.
—Volverás aquí, mujer de Drezen —le dijo en voz baja. Sus ojos resplandecían a la luz de los braseros—. Y la próxima vez no saldrás por tu propio pie.
La doctora le aguantó la mirada unos instantes, antes de bajar los ojos y encogerse de hombros.
—O vendréis vos a mi quirófano —dijo mientras volvía a levantarlos—. Y os prometo que os dispensaré mis mejores atenciones.
El torturador jefe se volvió y escupió dentro del brasero mientras su pie seguía insuflando vida al instrumento de muerte a través de los fuelles y su ayudante Unoure nos conducía fuera de la cámara.
Doscientos latidos después, un lacayo de la cámara real nos recibió junto a las grandes puertas de hierro que conducían al resto del palacio.
—Es la espalda de nuevo, Vosill —dijo el rey mientras se volvía en la amplia cama con dosel y la doctora, tras remangarse la camisa, procedía a levantarle el pijama. ¡Estábamos en el aposento principal de los apartamentos privados del rey Quience, en lo más profundo del más interior de los cuadrángulos de Efernze, palacio de invierno de Haspide, capital de Haspidus!
Este se ha convertido en un escenario tan frecuentado por mí (hasta el punto de que podría decirse que es mi lugar de trabajo habitual), que confieso que a veces me olvido del honor que representa encontrarse allí. Pero cuando me paro un momento a considerar el asunto, me digo: ¡Grandes dioses, yo —un huérfano de una familia caída en desgracia— estoy en presencia de nuestro amado rey! ¡Y con tanta frecuencia, y con tal grado de intimidad!…
