En tales momentos, amo, te doy las gracias con toda mi alma y con todo el vigor del que me ha dotado la Providencia, porque sé que son solo tu amabilidad, tu sabiduría y tu compasión los que me han colocado en tan exaltada posición y me ha confiado tan importante misión. Ten por seguro que seguiré tratando por todos los medios de mostrarme digno de esa confianza y cumplir con mi deber.

Wiester, el chambelán del rey, nos había llevado hasta los aposentos reales.

—¿Algo más, señor? —preguntó mientras se inclinaba todo lo que su amplia osamenta le permitía.

—No, eso es todo por ahora. Vete.

La doctora se sentó en un lado de la cama y empezó a amasar los hombros regios con sus fuertes y hábiles dedos. Yo, mientras tanto, sostenía un pequeño frasco lleno de un ungüento de intenso aroma en el que, de vez en cuando, la señora introducía los dedos para, a continuación, aplicarlo sobre la amplia e hirsuta espalda del rey para ayudar a su broncínea piel a absorberlo.

Mientras me encontraba allí, con el maletín de la doctora abierto a un lado, reparé en que el tarro de gel marrón que había utilizado para tratar al infeliz de la cámara oculta seguía abierto en uno de los ingeniosos bolsillos interiores. Hice ademán de introducir un dedo en él. La doctora, al ver lo que estaba haciendo, me cogió rápidamente la mano, la apartó del frasco y dijo en voz baja:

—Si yo fuera tú, Oelph, no haría eso. Vuelve a taparlo con cuidado.

—¿Qué pasa, Vosill? —preguntó el rey.

—Nada, señor —dijo la doctora mientras volvía a colocar las manos en su espalda y se apoyaba sobre él.



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