
He decidido contar la historia a la manera de los fabulistas jeríticos, esto es, en forma de crónica cerrada, en la que —si uno se siente inclinado a creer las informaciones relativas al hecho— se ha de adivinar la identidad de la persona que relata la historia. El motivo para hacerlo es ofrecer al lector la posibilidad de decidir si otorga crédito o no a lo que quiero contar sobre los sucesos de aquel tiempo —sucesos que, a grandes rasgos, son bien conocidos, e incluso podría decirse que famosos, por todo el mundo civilizado— basándose únicamente en si la historia le «suena real» o no, sin que los prejuicios que podrían derivarse de conocer la identidad del narrador cerraran su mente a la verdad que quisiera presentarle.
Y ya es hora de que se cuente esta verdad. He leído, creo, todas las crónicas de lo que ocurrió en Tassasen durante aquella época trascendente, y la diferencia más significativa entre ellas parece ser su grado más o menos exagerado de divergencia con respecto a los hechos reales. Concretamente, existe una versión paródica que fue la que me decidió a contar la auténtica historia del período. Bajo la forma de obra teatral, tenía la pretensión de contar mi historia y sin embargo no podía haberse alejado más del objetivo propuesto. El lector solo tiene que aceptar que soy quien soy para que la ridiculez de esta obra salte a la vista.
Digo que esta es la historia de DeWar, y sin embargo admito libremente que no es toda su historia. Es solo una parte, y podría decirse que una parte pequeña, si tomamos solo en consideración el número de años que cubre. También existe una parte anterior, pero la historia solo permite la más apresurada referencia a los sucesos del pasado.
Por tanto, esta es la verdad tal como yo la experimenté, o tal como me fue relatada por personas en las que confiaba.
La verdad, he descubierto, es diferente para cada uno. Así como dos personas no ven nunca el mismo arco iris desde el mismo sitio exacto —aunque, al mismo tiempo, es casi seguro que ambos lo ven, mientras que alguien que se encuentre aparentemente justo debajo del fenómeno no lo ve—, la verdad tiene que ver con el lugar en el que uno se encuentra y la dirección hacia la que dirige la mirada en ese momento.
